Una de "suelta el porro", otra de "Mierda, qué putada". Salen de la adolescencia por el túnel de la droga, pero así ven las paredes más intensas. Empezaron con el hachís que compró un amigo, terminaron con más de cien gramos de marihuana bajo el asiento del coche.
Mala suerte la de los jóvenes sin mafia. El madero que los detiene trae a sus espaldas el apoyo de la policía, del Estado, de una buena parte de la sociedad. Ellos sólo escupen maldiciones y tiritan (¿es frío o es que temen?); atrás, una fingida inocencia y la seguridad de que "a ellos no les tocaría"; delante, un par de noches en el suelo del calabozo, interrogatorios, una ficha en el registro policial.
El comisario que les pregunta parece alterado y huele a alcohol y a prepotencia; sabe que ostenta el monopolio legítimo de la violencia, que nadie le recriminará si le da un par de hostias a un niñato; si se le va un poco la mano, vaya. El mayor de ellos, que apenas cuenta la veintena, responde; no se vio venir el codazo en la boca. El calor del golpe se extiende como líquido derramado, pero aún duele más la rabia.
"He sido respestuoso en todo momento, usted no puede pegarme".
"Pero, ¿qué dices, chaval?- suelta el comisario- Aquí no hemos pegado a nadie".
Y el joven guarda silencio: puede que si replica le venga otra. Una mentira en boca de quien manda se convierte en credo si hace falta.
lunes, 28 de enero de 2008
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