sábado, 6 de octubre de 2007

Recuerdo (como cierta canción)

Después de esa primera semana en una desconocida facultad, bien provista de expectativas, mitos y miedos a repartir entre todos esos corderitos que se asomaban con timidez al aula (entre los que me incluyo), he vuelto a los orígenes; siempre me dijeron que olvidar es una muestra de ingratitud, y no quisiera hacerle yo un feo al Santa Catalina de Sena, ni al Padre Coll, porque antes que un centro educador lo he considerado el más bonito escenario de mi infancia y de mi adolescencia. Aquellas cuatro paredes han visto mis travesuras más inocentes, como los besitos clandestinos en clase de biología, mis peleas, casi todas por los malditos celos, y el comienzo de la amistad más fuerte que hoy tengo.

Así que después de la imparcialidad y el distanciamiento que suponen las clases en la Universidad, donde sólo soy una más de los ciento diez alumnos que sacan sus cabezas por encima de las de delante, volver a entrar por la portería de mi colegio me aportó esa sensación de acogimiento que desde hace días venía reclamando. ¡Conocía cada uno de los rincones- y dudo que los olvide-! ¡Los profesores me llamaban por mi nombre! El perro de la entrada seguía gruñendo como cuando lo dejé, pero eso era lo de menos.

Cómo me gustó saludar a Joaquín, el de matemáticas, y recordarle-o reprocharle, que para el caso es lo mismo- el 1 con el que premió mis esfuerzos en la última evaluación, o contar mis experiencias a la ingenua Maria Ángeles, antigua directora y casi única figura de la Iglesia a la que todavía aprecio- puede que en parte por sufrir las traiciones de los de su género-; y cómo me entusiasmó poder ver a cierto profesor de Historia y Arte, antiguo receptor de poemas de San Valentín y dibujos de palomas, que ya habrán ardido en las crueles llamas del basurero (o lo que es peor... ¡del olvido!); y esto lo digo vista la canasta de tres puntos que hizo con su promesa de escribir su comentario. Nunca me cansaré de preguntarle si es republicano, y él nunca se cansará de ignorar la dichosa preguntita.

Pero mi visita al Santa Catalina tuvo un sabor agridulce cuando nos contaron la marcha, o yo diría huida (¡vaya! Otra canción...) de mi profesora de Filosofía. Dicen los que lo saben que aquello fue una invitación a marcharse con una serie de presiones que hubieran espantado al mismísimo Drácula; pero por desgracia el chupasangres está en el otro lado de la historia. Después de callar el secreto de su nombramiento, de adoctrinar al alumnado, aún endeble y voluble, con las teorías conspiratorias recién salidas del horno de la COPE, de traernos a la confirmación al mismísimo Rouco Varela, primo de Paco Clavel , que habla de derechos y de "los últimos serán los primeros", pero que prefiere criticar homosexuales y posicionarse bien a la cabeza; después de obligar a los rezos matutinos, de censurar a las voces contrarias como las de servidores, y trazar su proyecto de hacer del patio de los niños un aparcamiento, Nuestro Señor Director ha conseguido a lo que con tanto esfuerzo se había entregado. Enhorabuena, Padre.
Por suerte existe un refrán que arroja cierto halo de esperanza al caso: y es que a todo cerdo le llega su san martín.



Sin prisa pero sin pausa, como el calabobos; desde la más tierna infancia preparan el cebo: "Si no te comes la sopa te llevará el coco; los tocamientos impuros te dejarán ciego". Y te acosan de por vida, azuzando el miedo, pescando en el río turbio del pecado y la virtud, vendiendo gato por liebre a costa de un credo, que fabrica platos rotos que acabas pagando tú. (...). Sin prisa pero sin pausa, esos carcamales organizan sus cruzadas contra el hombre libre, más o menos responsable de todos los males, porque piensan por su cuenta, sueñan y lo dicen. Si no fueran tan temibles, nos darían risa; si no fueran tan dañinos, nos darían lástima. Porque como los fantasmas, sin pausa y sin prisa, no son nada si les quitas la sábana
J.M. Serrat

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